Historia Nuestra Sra. de la Consolación de Táriba
Historia

Nuestra Sra. de la Consolación de Táriba

Por Autor desconocido · 12 de agosto de 2026

A corta distancia al noroeste de la ciudad de San Cristóbal (Táchira), inmediata al ameno, pintoresco y feraz valle del Torbes, sobre un plano ligeramente inclinado, se asienta la villa de Táriba, (1), que debe su nombre al de una tribu de sus primitivos habitantes, y su primer desarrollo, a la gracia de haber sido escogida por la Madre de Dios para sitio de la manifestación de su misericordiosa bondad.

(1) El descubrimiento de Táriba remonta al año de 1547, cuando los primeros españoles al mando de Alonso Pérez de Tolosa y Diego de Losada, siguiendo los cursos de los ríos Uribante y Torbes, llegaron a ese sitio y lo hallaron poblado por unos indios de este nombre. Táriba, no fue, por lo tanto, fundado por los españoles, sus principios se pierden en la noche de la época precolombina.

En 1561 el Capitán Juan de Maldonado fundó la ciudad de San Cristóbal, donde a poco establecieron residencia y centro de misiones los hijos del esclarecido doctor de Hipona.

Dispuso luego el superior de los agustinos llevar la luz del evangelio a la tribu de los vecinos táribas, y cometió este encargo a dos de sus fervorosos religiosos, quienes, sin más equipaje que sus breviarios y una pequeña tabla en donde estaba dibujada la imagen de Nuestra Señora de la Consolación, advocación que se debe a Santa Mónica, madre de San Agustín. Entrada ya la noche, llegaron a orillas del Torbes, que henchidas sus aguas, bajaba impetuoso raudal, rindiendo muy peligrosa su travesía.

Provistos los religiosos de una caña amarga, ataron a ella la tablita y, asidos ambos de la misma, lleno el corazón de confianza en la que nunca esperó el mortal en vano, e invocando su dulce e inmaculado nombre, cruzaron el río con gran facilidad, e iluminando sus pasos una misteriosa claridad que irradiaba de la tabla que llevaban.

María, faro de esperanza del mortal que en Ella confía, abría con este prodigio la cadena ininterrumpida de los múltiples favores que bajo la grandiosa advocación de Consolación de Táriba, dispensaría en el curso de los siglos a los que la invocasen con fe y devoción.

Prosiguieron los misioneros su marcha y, llegados al sitio que hoy ocupa la Plaza Bolívar de Táriba, fijaron allí la caña con la imagen de la Virgen. Al amparo protector del manto misericordioso de María, iniciaron los agustinos sus labores apostólicas que dieron óptimos frutos de salvación. En el sitio donde plantaron la caña que sostenía la imagen, levantaron una pequeña capilla o ermita donde celebraban la santa misa y distribuían los divinos sacramentos.

Transcurrieron varios años de paz y sosiego para la comunidad indígena de Táriba; pero las tribus vecinas de los guásimos y capachos se coligaron e hicieron furtiva irrupción contra los táribas, quienes tuvieron que huir temporalmente de su pueblo, para resguardo de sus vidas amenazadas. Los misioneros regresaron a San Cristóbal, y una india ladina y cristiana guardó la imagen en su casa con la disposición de reverenciarla y rendirle culto.

Pasaron algunos años y sucedió que, con el tiempo, desaparecieron las facciones de la imagen de la Virgen de la tabla, la cual, por tal motivo, quedó relegada en un rincón de una despensa de maíz. Allí estuvo durante algún tiempo hasta que plugo a la misericordiosa bondad divina obrar con ella un prodigio extraordinario, que a todos llenó de santa reverencia y de alegría espiritual.

PRODIGIOSA LUZ QUE SE DESPRENDE DEL CUADRO DE LA VIRGEN.—SU RENOVACIÓN

Aconteció que en uno de los postreros años del siglo XIV o de los iniciales del siguiente, Juan Ramírez de Andrade, alférez y encomendero de la ciudad de Pamplona, llegó en visita de amistad a Táriba a casa de un tal Zamora, en cuya despensa de maíz estaba la tabla que anteriormente tenía el grabado de la Augusta Virgen Madre de Dios.

Un día, después de la hora de almuerzo, Juan Ramírez con los tres hijos de Zamora: Pedro, Gerónimo y Antonio, organizaron una partida de bolas. Habiéndoseles partido en el juego una paleta, entraron a la despensa en busca de una tabla con que pudieran labrar una nueva, toparon con la tabla del cuadro y considerándola acomodada a su intento, probaron repetidas veces quebrarla sobre una piedra, lo cual no pudieron lograr, por más golpes que con ella dieran y, cosa extraña, advirtieron que sonaba como un tambor. A estos ruidos salió la mujer de Zamora y regañó a los jóvenes, diciéndoles que no fueran bellacos y ¿por qué no advertían que el cuadro que querían destrozar había sido imagen, a pesar de que ahora no apareciese tal?; y, cogiéndolo volvió a meterlo en la misma despensa, donde lo colgó de una estaca en la pared.

Habían transcurrido unas tres o cuatro horas cuando se advirtió que de la despensa salía un grandísimo resplandor, que daba a suponer que todo el interior de la misma estaba ardiendo. Apresuradamente corrieron todos, con ánimo resuelto, a luchar contra el voraz incendio que, al parecer amenazaba toda la casa. Grandísima fue la admiración de todos cuando, al abrir la puerta de la despensa, vieron cuál era el motivo y la causa de su espanto.... El cuadro se encontraba «fuera de la pared», y en él aparecía bien marcada y delineada una imagen de Nuestra Señora, de la cual irradiaban copiosos rayos de luz, que bañaban el cuarto, convertido en recinto de dulces emociones.

Dióse aviso de este prodigioso acontecimiento al vicario de la Villa de San Cristóbal, el cual, en compañía de todo el pueblo, se trasladó inmediatamente a Táriba a «ver obra tan maravillosa»; y habiéndola reconocido por tal, veneraron todos la santa imagen, ofreciendo a la Virgen Santísima la oblación de sus devotos corazones con el perfume de fervientes plegarias, después de lo cual regresaron contentos a su ciudad.

Desde entonces la despensa de maíz donde la Virgen había obrado la maravilla de la renovación de su cuadro y el prodigio de los resplandores, presenciado por muchos testigos oculares, fué convertida en ermita donde se tributaron homenajes de veneración y amor a la gloriosa Madre de Dios y en donde obró grandes prodigios para salvación de las almas, alivio de sus dolores y consuelo de sus penas.

PRODIGIO DE LA MANTECA QUE ARDÍA DELANTE DE LA IMAGEN.—

Una piadosa mujer, llamada Inés Sánchez, cuando vió la maravillosa renovación del cuadro, encendióle una luz que dispuso vertiendo aceite en una pequeña escudilla de barro. La colocó sobre un plato de peltre que suspendió delante la imagen a modo de lámpara. Esa misma señora, en obsequio a la Virgen Santísima, arregló unas flores en rededor del cuadro, y vuelta la cara hacia la puerta, para ver si llegaban otros muchachos con más flores, advirtió que la manteca de la escudilla y plato de la lámpara rebosaba y se desparramaba sobre el suelo. Este hecho, notorio a mucha gente, acrecentó la admiración de todos y encendió en los corazones un ardiente deseo de servir a la gloriosa Virgen. Otro hecho extraordinario fué el de haber permanecido encendida esta misma lámpara por espacio de casi tres días consecutivos, a pesar de ser el combustible, apenas suficiente para que ardiera durante algunas horas.

PRODIGIOS ATRIBUIDOS AL USO DE LA MANTECA Y DE LA LÁMPARA.—

Refieren varias antiguas crónicas que el prodigio del milagroso aumento de la manteca o aceite de la lámpara de la Virgen, así como también el de la cera que la alumbraba, fué comprobado varias veces con declaraciones de testigos oculares. Así mismo, leemos que varias veces se obtuvieron señalados favores con el uso del aceite de la lámpara que ardía delante de la milagrosa imagen; de las varias relaciones que comprueban este aserto, citaremos la siguiente: Gaspar Ortiz, sorprendido por unos indios recibió un flechazo por una ventana de la nariz, y la punta de la flecha, formada con arpónes envenenados, se le quedó metida en el interior de la cabeza.

En este trance, el infortunado suplicó a la Virgen de Táriba no le dejase morir sin antes ver su sagrada imagen. Permitió la augustísima Señora que llegase vivo a su Capilla, a donde fué conducido por mano amiga. Allí pidió un poco de aceite de la lámpara de la Virgen y con él llenó el agujero de la herida de la flecha. Repitió con fé este remedio varias veces y estando un día al pié del altar de la Virgen, rompió a estornudar y al punto botó los arpones y luego quedó sano y salvo.

De este mismo remedio usó Fernando Peralta en favor de un indio de 14 años que quedó contuso y exánime de una caída de una yegua. Su desesperada madre viendo sin aliento al hijo de su alma, lo llevó y tendió sobre el duro suelo, al pie del altar de la Virgen de Táriba. Allí permaneció largo rato el pobre niño, mientras la atribulada madre, como el publicano del Evangelio, permanecía inmóvil, sumida en acerba amargura, templada por la confianza que depositaba en la Virgen Santísima; Fernando Peralta sangró al niño y le untó la frente con aceite de la Virgen, después de lo cual experimentó gran alivio y quedó en perfecto estado de salud.

Tantos prodigios, que sería prolijo enumerar, hicieron célebre la ermita de Nuestra Señora de Táriba, a donde acudían peregrinos de diversos lugares de la región que forman hoy la provincia de Santander de Colombia y el Estado Táchira de Venezuela; de ella escribió Fray Pedro Simón, en sus Noticias Historiales publicadas en Cuenca en el año de 1626: «La devotísima ermita de Nuestra Señora de Táriba es el consuelo de todas aquellas provincias circunvecinas, por algunos milagros y socorros que les ha hecho en sus necesidades esta Santísima imagen».

La capilla de Nuestra Señora de Táriba, como era generalmente llamada, estaba bajo el cuidado del clero de San Cristóbal, pero la afluencia de peregrinos y la importancia que adquirió la población, motivaron el nombramiento de un capellán para asistirla, hasta que después se erigió definitivamente la parroquia de Táriba.

LA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA DE LA CONSOLACIÓN ES LLEVADA A SAN CRISTÓBAL.— SUDOR MISTERIOSO.—

Por los años de 1630 a 1640, una epidemia de disentería se propagó en la ciudad de San Cristóbal y habiendo causado algunos estragos entre sus habitantes, el Cabildo Municipal de esta Villa resolvió detener el mal con el auxilio espiritual de la maternal protección de la Madre de Dios. A este fin, solicitó y obtuvo que su sacrosanta imagen de Táriba fuese solemnemente traída a San Cristóbal, donde se le rendiría culto de amor y veneración.

A vista y conocimiento del pueblo que en devota romería la escoltaba, aconteció que, al entrar en la ciudad, la imagen principió a cubrirse de copioso sudor perdurando este extraordinario prodigio hasta su llegada a la iglesia, y durante todo el tiempo que en ella estuvo descubierta, hasta que un ministro del altar le enjugó las lágrimas.

La lectura de estas maravillas nos trae a la memoria un hecho histórico harto conocido. Coriolano airado por la ingratitud y el destierro con que Roma recompensara sus grandes servicios, resolvió tomar venganza de este desprecio, y al frente de poderosas huestes se presentó a las puertas de su ciudad y la puso en tan penoso y apretado cerco que desconfiando ya de su poder y de sus armas, Roma se humilló enviándole embajadores para templar su ira y justo enojo, pero todos volvieron mal despachados.

Turbóse la ciudad al ver que iba a caer en manos de un bienhechor ofendido. Pero Veturia, madre de Coriolano, sale sola al encuentro de su hijo, sus ruegos aplacaron su ira y sus llantos templaron su enojo. Abrazando a su madre y mirando a Roma, Coriolano exclamó: «Roma, Roma, me venciste, mi ira con los llantos y ruegos de mi madre».

Cada vez que la cristiana población de San Cristóbal ha sentido las punzantes espinas del dolor, y ha vuelto sus ojos suplicantes hacia la Virgen de Táriba, los dulces llantos y las tiernas súplicas de la Madre han alcanzado el perdón del Hijo y devuelto la paz y el consuelo de la angustiada ciudad. Tal aconteció en la primera visita de la dulce efigie a la mencionada villa y en las veces subsiguientes que, para aplacar el enojo divino y alcanzar algún señalado beneficio, se recurrió a este espiritual y tan eficaz remedio, (1).

Aún perdura en San Cristóbal la memoria de las dos últimas veces que la santa imagen de la Consolación de Táriba fue llevada triunfalmente a San Cristóbal, en medio de un inmenso concurso de fieles que alcanzaba a unas 20.000 personas.

La primitiva ermita de la Virgen se ha convertido hoy en día en un espléndido templo, uno de los mejores de Venezuela, de reciente construcción, donde la cristiana sociedad de Táriba no cesa de tributar a María Santísima rendidos homenajes de filial amor.

(1) La suprema autoridad eclesiástica de la diócesis, que antes lo era el Ilmo. Señor Arzobispo de Bogotá, y después el Obispo de Mérida, reservóse el derecho de autorizar la salida de la milagrosa imagen de Táriba. (Orden del 8 de diciembre de 1664. Archivo de Táriba).